Las agresiones sexuales superan la capacidad de ser afrontadas y producen en las víctimas un gran impacto a nivel emocional. Suponen un ataque directo al sentimiento de seguridad. Además, históricamente, las mujeres han sido las principales víctimas de ese tipo de violencias.

Tal y como publicó hace pocas semanas The conversation, estas experiencias pueden modificar la forma de sentir, de comportarse y de relacionarse con los demás en el futuro.
Varios estudios sobre la temática se han centrado en las secuelas que sufren los menores de edad agredidos por adultos, mientras que los casos entre iguales están menos visibilizados. Y más aún si estos se producen en el ámbito de la relación de pareja.
Sin embargo, se calcula que una tercera parte de las chicas adolescentes de todo el mundo se inician en la vida sexual con una relación forzada. Debido a esta iniciación cada vez más precoz, podría aumentar de forma alarmante la prevalencia de las agresiones entre los jóvenes y los adolescentes.
Las principales consecuencias psicológicas que conllevan este tipo de agresiones serían depresiones, ansiedad, trastorno por estrés postraumático, trastornos de la conducta alimentaria, autolesiones, disociación, fobias e hipersexualidad.
Estas alteraciones pueden producirse de forma inmediata tras una agresión o unos meses o años después. En ocasiones, un acontecimiento, una situación determinada o un olor que recuerden la vivencia pueden desencadenar la sintomatología, lo que supone graves interferencias en la vida de las víctimas.
Como se ha apuntado anteriormente, la hipersexualidad o aumento de la búsqueda de relaciones sexuales, tanto en frecuencia como en intensidad, a menudo va acompañada de un sentimiento de culpa o incomprensión.
Son diversas las razones que se argumentan para esclarecer este comportamiento. Algunos autores han relacionado este tipo de experiencias traumáticas con alteraciones en el córtex prefrontal, área cerebral vinculada a la toma de decisiones, el control de los impulsos y la regulación del estado de ánimo.
Al margen de las explicaciones neurobiológicas, podría tratarse de un intento de eliminar el trauma o rehacerlo de una manera distinta. De esta forma, la víctima intentaría buscar la normalidad en la vida sexual y comprobar que sigue intacta su capacidad de mantener relaciones como medio para recuperar el control.
Otros estudios consideran el sexo compulsivo como una forma no funcional de evadir los problemas y aliviar el dolor, ya que el trauma habría reducido la tolerancia al sufrimiento. Esto podría favorecer la disociación del sexo del afecto, utilizando de este modo el sexo como un mero instrumento.
Además, la víctima puede empezar a creer que no merece recibir afecto alguno. Por eso estas vivencias se vinculan con las conductas sexuales de riesgo y la aceptación de parejas violentas.
Por tanto, la conducta sexual compulsiva después de una agresión sexual es muy habitual, aunque no es tan visible como el rechazo a las relaciones sexuales. Además, cumpliría una determinada función en la víctima. Pero los expertos recomiendan buscar ayuda psicológica para poder abordar la problemática en cuanto se manifieste.
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