Marsella vive una escalada de violencia vinculada al narcotráfico que ha generado lo que autoridades, profesionales del derecho y actores comunitarios describen como una psicosis colectiva: un estado de miedo constante, trauma social y percepción de pérdida de control del estado sobre partes del territorio urbano. El elemento más alarmante de esta crisis es el auge de asesinatos de menores y el creciente papel de adolescentes, incluso niños, tanto como víctimas como actores forzados dentro de las redes criminales.

El caso que ha sacudido recientemente a la opinión pública es el asesinato de Adel, un chico de 15 años, ejecutado con un disparo en la cabeza y posteriormente calcinado en una playa de la ciudad. Su cuerpo fue descubierto por otros niños que iban a la escuela, un episodio que simboliza hasta qué punto la violencia se ha normalizado y se ha vuelto pública, visible y aparentemente arbitraria.
Según datos del Ministerio de Justicia francés, el número de menores implicados en el tráfico de drogas se ha multiplicado por cuatro en los últimos ocho años. En Marsella, el narcotráfico ha evolucionado hacia un modelo fragmentado, pero altamente competitivo, en el que una organización dominante (la denominada DZ Mafia) opera mediante una estructura de tipo franquicia, con múltiples puntos de venta gestionados por jóvenes reclutados, a menudo a través de redes sociales.
Este nuevo ecosistema criminal se caracteriza por:
- Desaparición de los códigos tradicionales del crimen organizado (no atacar de día, no exponer cuerpos, no implicar a menores).
- Violencia extrema y demostrativa, incluyendo ejecuciones públicas, cuerpos quemados y difusión de vídeos en las redes.
- Reclutamiento masivo de menores, muchos de ellos migrantes o adolescentes vulnerables, a menudo sometidos a coacciones, deudas ficticias y violencia física.
Actores locales describen una situación de anarquía criminal, donde la lógica del miedo ha sustituido a cualquier jerarquía estable. Los jóvenes, expuestos a diario a muertes violentas, han perdido tanto el miedo a matar como el miedo a morir.
El asesinato de Mehdi Kessaci, un agente de policía en prácticas de 20 años, sin vínculos con el narcotráfico, marcó un punto de inflexión. Se cree que su muerte fue un mensaje intimidatorio dirigido a su hermano, Amine Kessaci, activista antidrogas y figura emergente en el ámbito político local. Este caso refuerza la percepción de que ni siquiera los actores institucionales o sus familiares están fuera del alcance de las bandas.
Abogados, periodistas y activistas han empezado a reducir o abandonar su actividad, o a realizarla bajo protección policial, por miedo a represalias. Algunos profesionales del derecho afirman abiertamente que el Estado de derecho ha quedado subordinado al poder de las bandas en determinados barrios.
Ante esta situación, las autoridades han intensificado las operaciones policiales mediante lo que llaman bombardeos de seguridad: intervenciones masivas y repetidas en zonas de alta criminalidad, con unidades antidisturbios, cierre de puntos de venta y detenciones constantes.
Las cifras muestran actividad significativa:
- Más de 40 puntos de venta recientemente desmantelados.
- 42 millones de euros en bienes criminales incautados en un año.
- Una estimación de hasta 20.000 personas implicadas directa o indirectamente en el negocio de la droga en Marsella.
- Un mercado nacional del narcotráfico valorado en 7.000 millones de euros anuales.
Sin embargo, incluso responsables policiales y fiscales reconocen que muchos de los detenidos son jóvenes explotados, algunos retenidos contra su voluntad, y que la represión no detiene el constante flujo de nuevos reclutas.
Uno de los elementos más preocupantes es el uso abierto de TikTok y otras redes sociales para anunciar la venta de drogas y reclutar a menores con ofertas de “trabajo” aparentemente legítimas. Se prometen ingresos elevados (200-500 € diarios), pero la realidad es a menudo de esclavitud moderna, con violencia, abusos sexuales y amenazas contra las familias.
La crisis ha reabierto un intenso debate político. Sectores de ultraderecha reclaman el estado de emergencia, mayor poder para la policía y restricciones migratorias severas, atribuyendo el problema a la inmigración masiva y al fracaso de la integración. Otras voces -abogados, expertos y periodistas- rechazan esta lectura y alertan contra el uso del miedo como herramienta política. Argumentan que la violencia es el resultado de décadas de abandono social, pobreza estructural, corrupción y políticas públicas fallidas, y que la represión policial sólo trata los síntomas, no las causas.
Marsella ejemplifica una crisis de seguridad híbrida, donde crimen organizado, exclusión social, digitalización del delito y debilitamiento de la confianza institucional convergen. La psicosis que se extiende por la ciudad no es sólo miedo a la violencia, sino la sensación de que el orden social se está erosionando y de que las soluciones tradicionales ya no son suficientes.
Para los expertos en seguridad, el caso de Marsella plantea una pregunta clave: cómo recuperar el control sin alimentar una espiral de represión que acabe profundizando el mismo problema que se quiere resolver.
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