El aumento de los vehículos todoterreno y las camionetas: un reto creciente para la seguridad de los peatones en los EE.UU.

Durante buena parte del siglo XX y los primeros años del XXI, las carreteras de los Estados Unidos se fueron haciendo progresivamente más seguras para los peatones. Sin embargo, esta tendencia se invirtió en torno al año 2009. Desde entonces, el número de peatones muertos en accidentes de tráfico ha aumentado aproximadamente un 75 %, una evolución que ha preocupado a los investigadores, los responsables de seguridad vial y las administraciones públicas.

Se han señalado varios factores como posibles causas de este incremento, como la distracción causada por los teléfonos móviles, la conducción bajo los efectos del alcohol o el aumento general del tráfico. No obstante, una investigación basada en registros federales y datos de la industria automovilística apunta a un elemento que a menudo ha pasado más desapercibido: el crecimiento constante del tamaño de los vehículos, especialmente de los vehículos todoterreno (SUV) y las camionetas (pick-up).

Según dicho análisis, los vehículos actuales son considerablemente mayores y más altos que hace dos décadas. Este cambio no es solo una cuestión estética o de confort, sino que tiene implicaciones directas en la seguridad de los peatones. Los investigadores estiman que entre 200 y 400 muertes anuales podrían estar relacionadas con este aumento de dimensiones. En conjunto, esto representaría aproximadamente un 10 % del incremento reciente de las víctimas mortales entre peatones.

Los expertos identifican dos razones principales que explican por qué los vehículos grandes son más peligrosos. La primera es la altura del capó. En los coches tradicionales, un impacto acostumbra a producirse en la zona de las piernas de los peatones, lo que hace que a menudo el cuerpo sea proyectado sobre el vehículo. En cambio, los vehículos todoterreno y las camionetas tienen los capós mucho más altos, y golpean directamente el torso o incluso la cabeza de los peatones. Este tipo de impacto incrementa notablemente la gravedad de las lesiones y aumenta el riesgo de que la persona sea arrastrada o acabe bajo las ruedas del vehículo.

La segunda causa es la reducción de la visibilidad. A medida que los vehículos han crecido, también lo han hecho las zonas ciegas. Las pruebas realizadas con escáneres tridimensionales sobre algunos de los modelos más populares del mercado norteamericano muestran que las zonas sin visión directa del conductor son hoy mucho mayores que en modelos equivalentes de los años noventa o principios de los 2000. Esto dificulta detectar la presencia de peatones, especialmente de los niños, las personas de poca altura o las que están muy cerca del vehículo.

Varios casos reales descritos en el estudio ilustran las consecuencias de este problema. En algunos accidentes mortales, los conductores afirmaron que no habían visto a la víctima antes del impacto. Las reconstrucciones posteriores concluyeron que elementos estructurales del vehículo, como el capó elevado, los retrovisores o los

pilares laterales, habían limitado significativamente el campo de visión de los conductores.

Los fabricantes de automóviles argumentan que los nuevos sistemas de asistencia a la conducción pueden compensar estas limitaciones. Tecnologías como el frenado automático de emergencia o la detección de peatones están diseñadas para reducir el riesgo de atropello. Sin embargo, diferentes estudios han demostrado que estos sistemas no funcionan de manera perfecta en todas las situaciones: la meteorología adversa, las sombras, las velocidades elevadas o la presencia de niños pueden reducir su eficacia.

Más allá de las cuestiones técnicas, la expansión de los vehículos todoterreno y las camionetas también responde a motivos económicos y culturales. Estos vehículos generan márgenes de beneficio muy elevados para los fabricantes, que han reducido progresivamente la producción de berlinas y otros turismos convencionales. Paralelamente, las campañas publicitarias han asociado los vehículos grandes con conceptos como la seguridad, el prestigio, la fuerza o el éxito personal. Este mensaje ha contribuido a consolidar la percepción de que un vehículo mayor es una opción mejor para muchas familias.

Los especialistas en seguridad vial insisten en que el tamaño de los vehículos no es la única causa del aumento de las muertes de peatones. El diseño urbano, la velocidad de circulación, la distracción de los conductores y otros factores siguen siendo determinantes. Sin embargo, cada vez hay más evidencias de que la tendencia hacia vehículos más altos y voluminosos ha incrementado el riesgo para los peatones.

En conclusión, el crecimiento de los vehículos todoterreno y las camionetas plantea un reto de seguridad vial importante. A pesar de los avances tecnológicos, la combinación de capós más altos y zonas ciegas mayores aumenta la gravedad de los accidentes y dificulta la detección de los peatones. Este fenómeno pone de manifiesto la necesidad de seguir investigando y desarrollando medidas que protejan mejor a los usuarios más vulnerables de la vía pública, y que equilibren la seguridad de los ocupantes de los vehículos con la de los peatones.

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El mercado de las drogas en Europa: nuevos retos para la seguridad y la salud pública

El Informe Europeo sobre Drogas 2026 pone de manifiesto una realidad cada vez más compleja para los responsables de la seguridad, las administraciones públicas y los profesionales de la salud. A pesar de los esfuerzos realizados durante las últimas décadas, la disponibilidad de drogas ilícitas sigue siendo elevada en toda Europa, mientras que la aparición constante de nuevas sustancias y la evolución de los mercados criminales generan nuevos riesgos y desafíos.

Una de las conclusiones principales del informe es la consolidación de un mercado de drogas extremadamente diversificado. El cannabis sigue siendo la sustancia ilegal más consumida, seguido de la cocaína, que mantiene niveles de disponibilidad elevados en muchos países europeos. Paralelamente, los estimulantes sintéticos, como las anfetaminas, la metanfetamina y las catinonas sintéticas, ganan protagonismo y amplían la oferta disponible para los consumidores.

Desde la perspectiva de la seguridad, este escenario implica una mayor complejidad para las fuerzas policiales y los organismos encargados de la lucha contra el tráfico de drogas. Las redes criminales han demostrado una gran capacidad de adaptación, aprovechando las nuevas tecnologías, las rutas comerciales globales y los canales digitales para facilitar la distribución de sustancias ilegales. La producción de drogas sintéticas dentro del territorio europeo también sigue representando una preocupación significativa, especialmente por la facilidad con que se pueden modificar las fórmulas químicas para esquivar los controles legales.

Otro elemento destacado es el aumento de las nuevas sustancias psicoactivas. Cada año se detectan nuevos compuestos químicos que aparecen en el mercado con una rapidez superior a la capacidad reguladora de muchos estados. Este fenómeno dificulta la identificación de los riesgos asociados al consumo e incrementa la incertidumbre tanto para los servicios de emergencia como para los sistemas sanitarios. Entre estas sustancias destacan los cannabinoides sintéticos, las catinonas sintéticas y los nuevos opioides sintéticos, algunos de los cuales pueden presentar una potencia muy superior a la de las drogas tradicionales.

El informe también alerta sobre la evolución del mercado de los opioides. Aunque la heroína sigue siendo la sustancia principal de este grupo, la presencia creciente de opioides sintéticos de alta potencia representa una amenaza emergente. La experiencia observada en otras regiones del mundo demuestra que estas sustancias pueden provocar incrementos repentinos de sobredosis y muertes relacionadas con las drogas si no se identifican y se controlan adecuadamente.

Con respecto a los impactos sociales y sanitarios, el consumo de drogas inyectables sigue generando una carga desproporcionada de daños, incluyendo infecciones transmisibles, hospitalizaciones y mortalidad. A pesar de la disminución general de este patrón de consumo durante los últimos años, la necesidad de mantener programas de prevención, tratamiento y reducción de daños sigue siendo esencial.

Ante este panorama, la seguridad no se puede abordar exclusivamente desde una perspectiva represiva. Las políticas más eficaces combinan la persecución del crimen organizado con medidas de prevención, educación, tratamiento y reducción de daños. La coordinación entre organismos policiales, autoridades sanitarias, instituciones europeas y servicios sociales es fundamental para anticipar las nuevas amenazas y reducir los impactos asociados al consumo de drogas.

En conclusión, el Informe Europeo sobre Drogas 2026 confirma que Europa se encuentra delante de un escenario dinámico y cambiante. La diversificación de las sustancias disponibles, la aparición constante de nuevos compuestos sintéticos y la capacidad de adaptación de las redes criminales exigen una respuesta integral basada en la inteligencia, la cooperación internacional y la protección de la salud pública. Solo mediante una estrategia equilibrada será posible afrontar con eficacia los retos de seguridad que plantea el fenómeno de las drogas durante los próximos años

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Evolución de la seguridad en Portugal: estabilidad con nuevos desafíos

Portugal sigue siendo considerado uno de los países más seguros de Europa, tanto por las estadísticas oficiales como por los principales índices internacionales de seguridad. Sin embargo, la evolución reciente de la criminalidad muestra una realidad más compleja: mientras la delincuencia general se mantiene relativamente estable, algunos fenómenos concretos —como la ciberdelincuencia, los delitos sexuales o la criminalidad juvenil— han aumentado y generan preocupación entre las autoridades y la ciudadanía.

Según el “Relatório Anual de Segurança Interna” (RASE), durante el año 2024 Portugal registró una disminución global de la criminalidad del 4,6 %, con 354.878 denuncias, pero los delitos violentos y graves aumentaron un 2,6 %. Esta aparente contradicción confirma una tendencia observada en otros países europeos: baja la delincuencia tradicional, pero crecen formas de criminalidad con mayor impacto social y mediático.

Los hurtos siguen siendo el delito más habitual, especialmente en las grandes áreas urbanas y zonas turísticas como Lisboa, Oporto o el Algarve. Paralelamente, se ha detectado un incremento significativo de los robos de vehículos, los asaltos a establecimientos comerciales y las estafas vinculadas al alquiler de viviendas y a las plataformas digitales.

Uno de los puntos que más preocupa a las fuerzas de seguridad portuguesas es el aumento de los delitos sexuales. El número de violaciones registradas en 2024 creció cerca de un 10 % respecto al año anterior, alcanzando el valor más elevado de la última década. Aunque las autoridades atribuyen parte de este incremento a una mayor predisposición de las víctimas a denunciar, el fenómeno refleja también una presión social creciente sobre los mecanismos de prevención y protección.

La delincuencia juvenil es otro elemento destacado. El RASE de 2024 registró más de 2.000 casos vinculados a menores de entre 12 y 16 años, con un incremento superior al 12 %. También aumentaron los incidentes en entornos escolares y los episodios de violencia grupal, especialmente en zonas metropolitanas. Este fenómeno ha abierto un debate político y social sobre integración, exclusión social y capacidad preventiva del sistema educativo.

En cambio, algunos indicadores estructurales siguen siendo positivos. Los homicidios se mantienen en niveles bajos comparados con la media europea, con tasas inferiores a 1 homicidio por cada 100.000 habitantes. Igualmente, la violencia doméstica ha disminuido durante tres años consecutivos según los datos oficiales, aunque sigue representando uno de los delitos más denunciados en el país.

La ciberdelincuencia es probablemente el reto con más proyección de futuro. Las estafas digitales, el phishing, el robo de identidad y los ataques informáticos han crecido de forma sostenida después de la pandemia. Esta evolución obliga a las fuerzas policiales portuguesas a reforzar las unidades tecnológicas y a invertir en inteligencia digital y cooperación internacional.

Otro aspecto relevante es la percepción ciudadana de la inseguridad. Varios debates sociales y políticos en Portugal muestran una distancia entre los datos objetivos y la sensación pública. En las redes sociales y foros digitales, se observa una preocupación creciente por la inmigración, la radicalización y la presencia de grupos violentos, aunque las estadísticas oficiales no indican un deterioro generalizado de la seguridad.

Las autoridades portuguesas insisten en que el país “continúa globalmente seguro”, pero reconocen que hay indicadores que requieren vigilancia y adaptación constante. En este contexto, Portugal afronta un escenario similar al de otras sociedades europeas: menos criminalidad convencional, pero más complejidad en las amenazas vinculadas al mundo digital, la cohesión social y la seguridad urbana.

Para el sector de la seguridad privada y la protección ciudadana, esta evolución implica nuevas necesidades: mayor especialización tecnológica, capacidad de análisis preventivo y coordinación entre cuerpos policiales, administraciones y empresas de seguridad. La seguridad del futuro en Portugal dependerá tanto de la respuesta policial como de la capacidad de anticipación ante riesgos cada vez más híbridos y cambiantes.

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Inteligencia artificial y seguridad informática

La ciberseguridad está entrando en una nueva etapa marcada por la irrupción masiva de la inteligencia artificial en las operaciones ofensivas y defensivas. Durante décadas, el sector había funcionado bajo unas reglas relativamente estables: descubrir vulnerabilidades era un proceso lento, desarrollar exploits requería tiempo y conocimientos especializados, y las empresas disponían de un margen temporal suficiente para corregir errores antes de que fueran explotados de forma generalizada. Este modelo, sin embargo, está cambiando rápidamente.

Un informe reciente de Google muestra hasta qué punto la IA está transformando el panorama de la ciberseguridad. Según el documento, por primera vez se ha identificado un actor criminal utilizando inteligencia artificial para explotar una vulnerabilidad de día cero capaz de evadir sistemas de autenticación de doble factor en una herramienta popular de administración web. Lo más relevante no es solo el ataque concreto, sino el hecho de que la IA ya se utiliza de manera práctica e industrializada para acelerar procesos ofensivos que antes requerían semanas o meses de trabajo humano.

El informe también destaca el aumento del uso de la IA por parte de grupos vinculados a China y Corea del Norte. Estas organizaciones ya utilizan modelos avanzados para localizar vulnerabilidades, generar exploits y automatizar tareas de reconocimiento sobre objetivos potenciales. Paralelamente, empiezan a aparecer herramientas y malware semiautónomo capaz de ejecutar procesos completos con una intervención humana mínima. Plataformas como OpenClaw Github ejemplarizan esta nueva tendencia hacia sistemas capaces de orquestar operaciones ofensivas complejas de manera automatizada.

Esta evolución implica una aceleración radical del ciclo de la ciberseguridad. Antes, una vez descubierta una vulnerabilidad crítica, los atacantes necesitaban tiempo para entenderla, crear un exploit funcional y adaptarlo a entornos reales. Ahora, la IA puede reducir este proceso a horas o incluso minutos. Eso elimina gran parte del margen de maniobra que tradicionalmente tenían fabricantes y equipos de seguridad para desplegar parches y medidas de protección.

El cambio afecta especialmente al modelo clásico de “divulgación responsable” de vulnerabilidades. Este sistema se basaba en ofrecer a los fabricantes un periodo aproximado de 90 días antes hacer pública una vulnerabilidad descubierta por investigadores. El modelo asumía que descubrir errores era difícil y que los atacantes tardarían tiempo a desarrollar herramientas de explotación. Hoy estos supuestos están quedando obsoletos.

Varios expertos en seguridad, entre ellos el divulgador Himanshu Anand, alertan de que la inteligencia artificial ha colapsado completamente estos tiempos. Según esta visión, ya no se puede asumir que un investigador sea el único que ha descubierto un error de seguridad, porque múltiples sistemas automatizados pueden llegar a la misma vulnerabilidad simultáneamente. Tampoco se puede esperar que los atacantes necesiten semanas para desarrollar exploits tras la publicación de un parche. Los modelos actuales son capaces de generar pruebas de concepto y adaptar malware prácticamente en tiempo real.

Por eso, la nueva realidad exige una respuesta mucho más rápida. Las vulnerabilidades críticas pasan a considerarse prioridades absolutas desde el primer momento. Las empresas ya no pueden esperar al siguiente ciclo de desarrollo o al próximo sprint para aplicar correcciones. Los equipos de seguridad necesitan monitorización constante, capacidad de respuesta inmediata y herramientas automatizadas capaces de detectar y corregir amenazas en tiempo real.

Este escenario también está transformando la manera de desarrollar software. Cada vez será más difícil imaginar grandes aplicaciones o infraestructuras desplegadas sin revisiones exhaustivas hechas por sistemas avanzados de inteligencia artificial. Lo que hace solo un año era percibido como una limitación —los falsos positivos y las “alucinaciones” de los grandes modelos de lenguaje— está evolucionando rápidamente hacia el problema contrario: herramientas lo bastante eficientes para descubrir vulnerabilidades que pasaban desapercibidas a los equipos humanos.

La consecuencia es una auténtica carrera armamentista digital. Tanto atacantes como defensores utilizan IA cada vez más sofisticada para obtener ventaja. Las organizaciones que quieran mantener niveles altos de protección tendrán que invertir en agentes avanzados, plataformas de análisis automatizado y sistemas de detección basados en inteligencia artificial. Eso comportará costes importantes y aumentará todavía más la dependencia tecnológica de las grandes plataformas de IA.

En definitiva, la ciberseguridad está entrando en una fase de transformación acelerada. La inteligencia artificial ya no es solo una herramienta auxiliar, sino también el centro de un nuevo modelo de defensa y ataque digital. El debate ha pasado muy rápidamente de cuestionar si la IA era lo bastante fiable a asumir que es lo bastante potente para alterar completamente las reglas tradicionales de la seguridad informática.

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Situación compleja en los centros penitenciarios de Francia

Las prisiones francesas viven una situación de fuerte tensión estructural que preocupa a las autoridades y a los expertos en seguridad. El problema principal es la sobreocupación crónica. Según datos del Ministerio de Justicia francés, a inicios de 2025 había más de 79.000 personas encarceladas, una cifra que siguió aumentando durante el año, hasta superar los 84.000 internos, mientras que la capacidad oficial del sistema penitenciario se mantiene muy por debajo de dicha cifra. Esta diferencia provoca densidades penitenciarias superiores al 130 % en muchos centros, especialmente en las maisons d’arrêt, donde se concentran presos preventivos y condenados a penas cortas.

La masificación tiene consecuencias directas sobre la seguridad interior. En muchas prisiones francesas es habitual que dos o tres internos compartan celdas pensadas para una sola persona, e incluso hay casos de presos que duermen en colchones en el suelo. Este contexto incrementa la conflictividad, dificulta el control de los funcionarios y favorece la aparición de redes criminales dentro de los centros penitenciarios. Los sindicatos penitenciarios denuncian desde hace años la falta de personal, el aumento de las agresiones y un deterioro general de las condiciones laborales.

En el ámbito político, el debate sobre la seguridad penitenciaria ha ganado peso después de varios incidentes violentos. Durante el año 2025, algunas prisiones francesas sufrieron ataques externos con cócteles Molotov, vehículos quemados y disparos de armas automáticas contra instalaciones penitenciarias. Estos episodios generaron alarma sobre la capacidad de los grupos criminales para intimidar al Estado y reforzaron el discurso del gobierno favorable al endurecimiento penitenciario.

Otro factor sensible es la radicalización islamista dentro de las prisiones. Francia considera los centros penitenciarios como uno de los espacios principales de captación y adoctrinamiento yihadista. Después de los atentados terroristas de los últimos años, la administración penitenciaria ha desarrollado unidades especiales de seguimiento para internos radicalizados y programas de vigilancia reforzada. Sin embargo, varios expertos señalan que la sobreocupación y la falta de recursos dificultan la separación efectiva entre los presos radicales y el resto de la población penitenciaria. Eso convierte algunas prisiones en espacios de reproducción de discursos extremistas y de fortalecimiento de las redes criminales.

La reincidencia es igualmente un problema central. Muchos especialistas critican que el sistema penitenciario francés continúa demasiado orientado al castigo y poco a la reinserción. La falta de actividades formativas, el deterioro psicológico de los internos y las dificultades de integración laboral después de salir de la prisión contribuyen a mantener unas tasas de reincidencia elevadas, especialmente entre los jóvenes vinculados a la delincuencia urbana y el tráfico de drogas.

Ante esta situación, el gobierno francés apuesta principalmente por ampliar la capacidad penitenciaria, con la construcción de nuevas prisiones y centros de alta seguridad. El presidente Emmanuel Macron ha defendido que debe reforzarse el sistema penitenciario para recuperar el control ante el crimen organizado y la violencia urbana. Sin embargo, algunas organizaciones de derechos humanos y varios sectores judiciales consideran que construir más prisiones no resolverá el problema de fondo, y que debe reducirse el uso excesivo de la prisión preventiva y desarrollar alternativas penales más eficaces.

En resumen, el sistema penitenciario francés afronta una combinación de sobreocupación, tensión social, radicalización e inseguridad interna que lo convierte en uno de los grandes desafíos de seguridad pública del país. La situación refleja las dificultades de Francia para equilibrar firmeza penal, control de la criminalidad y respeto a los derechos humanos dentro de un contexto de creciente presión política sobre las políticas de seguridad.

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IOCTA 2026 de Europol: nuevas amenazas y sofisticación creciente del cibercrimen

Europol ha publicado la edición 2026 de la Internet Organised Crime Threat Assessment (IOCTA), uno de los informes de referencia sobre la evolución del cibercrimen en Europa. El documento, titulado “How encryption, proxies, and AI are expanding cybercrime,” analiza cómo las tecnologías emergentes —especialmente la inteligencia artificial, el cifrado extremo a extremo y las criptomonedas— están transformando el panorama de las amenazas digitales.

El informe pone de manifiesto que el cibercrimen es cada vez más sofisticado, descentralizado y profesionalizado. Según Europol, los grupos criminales aprovechan rápidamente cualquier avance tecnológico para mejorar sus operaciones, dificultar las investigaciones y ampliar el alcance de sus ataques. Esta situación obliga a las fuerzas de seguridad y las organizaciones públicas y privadas a reforzar sus capacidades técnicas y la cooperación internacional.

Uno de los aspectos más destacados del IOCTA 2026 es el papel de la web oscura como infraestructura esencial del cibercrimen. A pesar de las operaciones policiales de los últimos años, los mercados ilegales y los foros criminales siguen mostrando una gran capacidad de recuperación. Cuando una plataforma es desmantelada, rápidamente aparecen alternativas más fragmentadas, especializadas y seguras. Además, la combinación de servicios anonimizados y plataformas con cifrado extremo a extremo está difuminando la frontera entre la web superficial y la web oscura, lo que complica todavía más las tareas de investigación.

Las criptomonedas siguen siendo un elemento clave en el ecosistema criminal digital. El informe destaca especialmente el uso creciente de las llamadas privacy coins y de los servicios de intercambio deslocalizado para blanquear dinero proveniente de software de secuestro y otras actividades ilícitas. Estas herramientas dificultan enormemente la trazabilidad de las transacciones y representan un reto importante para las autoridades. Europol también alerta sobre el aumento de la participación indirecta de menores y jóvenes adultos en actividades de blanqueo de capitales vinculadas a criptomonedas, a menudo sin ser plenamente conscientes de las implicaciones legales.

La inteligencia artificial emerge como uno de los aceleradores principales del fraude en línea. Los ciberdelincuentes utilizan herramientas de IA generativa para crear mensajes más convincentes, personalizar técnicas de ingeniería social y automatizar campañas fraudulentas a gran escala. Estas tecnologías permiten producir correos electrónicos, mensajes SMS o contenidos falsos con un grado de realismo muy elevado. A ello se añaden técnicas como el caller ID spoofing, que permite falsificar la identidad de las llamadas telefónicas, y las denominadas SIM farms, capaces de enviar miles de mensajes y comunicaciones simultáneas.

Con respecto a los ciberataques, el software de secuestro sigue siendo una de las amenazas principales. El IOCTA 2026 destaca que durante el 2025 se detectaron numerosas variantes y grupos activos, muchos de los cuales han evolucionado hacia modelos de doble extorsión: no solo cifran la información de las víctimas, sino que amenazan con publicar los datos robados si no se paga el rescate. Esta estrategia incrementa la presión sobre empresas e instituciones públicas y convierte la protección de datos en un factor crítico de seguridad.

El informe también alerta sobre la creciente conexión entre actores criminales y amenazas híbridas patrocinadas por estados. Algunos grupos de ciberdelincuencia actúan como intermediarios o proxies en operaciones de desestabilización política o espionaje. Esta convergencia entre crimen organizado e intereses geopolíticos representa un nuevo escenario de riesgo para infraestructuras críticas, administraciones públicas y grandes empresas tecnológicas.

Otro de los puntos más preocupantes es el aumento de la explotación sexual infantil en línea. Europol señala un incremento de los casos de extorsión sexual, así como de la comercialización de material de abuso sexual infantil con finalidades económicas. También preocupa el crecimiento del contenido sintético generado con inteligencia artificial, que crea nuevas dificultades técnicas y legales para identificar víctimas y perseguir a los responsables. Las plataformas de mensajería cifrada se han convertido en un espacio habitual para este tipo de actividades criminales.

En este contexto, el informe menciona especialmente “The Com”, una red de comunidades criminales en línea vinculadas a actividades extremamente violentas. Según Europol, estos entornos combinan explotación sexual infantil, extorsión, ciberataques y otras formas de violencia grave, configurando ecosistemas criminales altamente peligrosos y difíciles de infiltrar.

Finalmente, el IOCTA 2026 subraya la necesidad de una respuesta coordinada entre gobiernos, fuerzas policiales, empresas tecnológicas y organismos internacionales. Europol insiste en que la lucha contra el cibercrimen requerirá más capacidades técnicas, una regulación adaptada a los nuevos retos digitales y una cooperación global mucho más estrecha. El informe se consolida así como una guía estratégica imprescindible para entender hacia dónde evolucionan las amenazas digitales y como prepararse ante un entorno cada vez más complejo y hostil.

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Dos nuevos estudios revelan que la inteligencia artificial se puede utilizar para fomentar la violencia de género y el abuso sexual

La investigadora Clare McGlynn, experta en violencia contra mujeres y niñas, alerta de que la última generación de chatbots de inteligencia artificial (IA) está facilitando nuevas formas de abuso de una escala e intensidad preocupantes. Aunque la relación entre tecnología y violencia de género no es nueva —tenemos, por ejemplo, los deep fake sexuales o el abuso basado en imágenes—, McGlynn considera que los chatbots representan un cambio cualitativo. Su investigación documenta que estas herramientas, a menudo accesibles de manera gratuita, permiten a los usuarios simular escenarios de violación, incesto y abuso sexual infantil, así como otras formas de violencia de género.

Tal como informa Patricia Clarke en observer.co.uk, este informe coincide con una investigación de la Internet Watch Foundation (IWF), que denuncia un crecimiento rápido del material de abuso sexual infantil generado por IA. Los datos son especialmente alarmantes: en el 2025 se identificaron miles de vídeos generados por IA, con un incremento exponencial respecto del año anterior. Además, una proporción significativa de este contenido se clasifica en los niveles más extremos de gravedad. Las niñas representan la inmensa mayoría de las víctimas, lo que evidencia un claro sesgo de género en los daños producidos.

Los informes coinciden en señalar que el problema no es solo el uso indebido de la tecnología, sino también las decisiones de diseño de las plataformas. Cuando las empresas priorizan el crecimiento y la captación de usuarios por encima de la seguridad, crean entornos que facilitan el abuso. En particular, los modelos de IA de código abierto son un factor de riesgo, ya que cualquier usuario puede descargarlos, modificarlos y eliminar las salvaguardias. Esta accesibilidad ha sido celebrada en foros de la web oscura (dark web), en la que algunos usuarios ven la IA como una herramienta para materializar fantasías ilegales con un alto grado de realismo.

Uno de los ámbitos más preocupantes es el de las aplicaciones de rol y compañía, en la que los chatbots de conversación actúan como interlocutores ficticios. Plataformas con millones de usuarios permiten crear personajes que pueden representar situaciones abusivas o sexualizadas, incluyendo menores. La falta de control efectivo sobre estos contenidos y la facilidad para acceder a ellos amplifican sus riesgos, especialmente para usuarios jóvenes. 

McGlynn define este fenómeno como “violencia simulada por chatbots” y destaca que es un problema todavía poco visible en la investigación académica. A pesar de la abundancia de estudios sobre seguridad en IA, hay una falta significativa de análisis centrado en el impacto de género. Esta invisibilidad puede contribuir a perpetuar riesgos sistémicos a medida que la tecnología evoluciona.

Con respecto a la regulación, los expertos consideran que la respuesta actual es insuficiente y fragmentada. Algunas medidas, como restringir el acceso a determinadas aplicaciones o prohibirlas en ciertos países, se consideran pasos limitados que no abordan el problema estructural: el propio diseño de las plataformas. En este contexto, McGlynn propone crear un nuevo delito penal para el despliegue peligroso de chatbots de IA, que responsabilice a las empresas de que no implementen medidas adecuadas para prevenir sus daños. Paralelamente, la IWF reclama que la seguridad por diseño se convierta en un estándar obligatorio, que incluya pruebas previas al lanzamiento y mecanismos de auditoría independientes.

También se están produciendo movimientos en el ámbito político: en el Reino Unido, la Cámara de los Lores ha propuesto introducir responsabilidades penales para los proveedores de chatbots inseguros, y se plantea incluir estos servicios dentro de la legislación de seguridad en línea. No obstante, los críticos señalan que todavía falta un regulador específico y obligaciones claras que garanticen la seguridad antes de que los productos lleguen al público.

En definitiva, los informes ponen de manifiesto una tensión creciente entre la innovación tecnológica y la protección de los derechos fundamentales. Sin intervenciones más contundentes, está el riesgo de que la IA no solo refleje formas de violencia existentes, especialmente contra mujeres y niñas, sino que también las amplifique. Para los profesionales de la seguridad, esto implica la necesidad de adoptar un enfoque proactivo, basado en la prevención, la responsabilidad y el diseño ético de las tecnologías emergentes.

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Evolución de la criminalidad en los Estados Unidos en 2024: una tendencia a la baja

El año 2024 ha confirmado una tendencia positiva en materia de seguridad en los Estados Unidos, con una disminución generalizada tanto de los delitos violentos como de los delitos contra la propiedad. Según los datos oficiales basados en los incidentes registrados por las fuerzas de seguridad, la criminalidad muestra un descenso significativo en comparación con el año 2023, consolidando una mejora que afecta prácticamente a todas las categorías analizadas.

Con respecto a los delitos violentos —que incluyen homicidios, violaciones, robos con violencia y agresiones agravadas—, la tasa global se ha situado en 370,8 incidentes por cada 100.000 habitantes, lo que representa una reducción del 6 % con respecto al año anterior. Esta disminución no es homogénea, pero sí generalizada: todas las tipologías de delitos violentos han experimentado una caída.

Destaca especialmente la reducción de los homicidios, que han bajado un 16 %, pasando a una tasa de 5,1 por cada 100.000 habitantes. Este descenso es especialmente relevante, ya que se trata del delito con más impacto social y mediático. También se observa una disminución en los robos (−9 %), las violaciones (−6 %) y las agresiones agravadas (−5 %), aunque estas últimas siguen siendo el tipo de delito violento más frecuente.

En paralelo, los delitos contra la propiedad —que incluyen robos con fuerza (burglary), hurtos y robos de vehículos— también han experimentado una reducción notable. La tasa global ha disminuido un 9 %, pasando de 2.019,7 a 1.835,1 incidentes por cada 100.000 habitantes. Entre ellos, el descenso más destacado corresponde al robo de vehículos, con una caída del 19 %, seguido de los hurtos y de los robos con fuerza, que también muestran una evolución a la baja.

Estos datos no solo reflejan una reducción en el número de delitos, sino también en la victimización, es decir, en el número de personas afectadas. La tasa de victimización por delitos violentos ha disminuido hasta 376,9 por cada 100.000 habitantes, mientras que la victimización por delitos contra la propiedad ha caído un 12 %. Esto indica que la mejora no es solo estadística, sino que tiene un impacto real en la seguridad percibida por la población.

A pesar de esta tendencia positiva, el análisis territorial revela diferencias importantes entre estados. Algunos, como Nuevo México, presentan tasas muy superiores a la media nacional tanto en delitos violentos como en delitos contra la propiedad. En cambio, otros estados como Maine o Idaho registran niveles considerablemente más bajos. En total, 14 estados superan la media nacional en delitos violentos y 16 en delitos contra la propiedad, hecho que pone de manifiesto la persistencia de desigualdades regionales en materia de seguridad.

Con respecto a las características de las víctimas, los datos muestran una disminución de la victimización en varios grupos demográficos, incluyendo personas blancas, negras y asiáticas. No obstante, no se han detectado cambios estadísticamente significativos en otros colectivos, como las personas hispanas o las poblaciones nativas americanas, lo cual apunta a la necesidad de seguir profundizando en políticas de seguridad más inclusivas y específicas.

En conjunto, los resultados de 2024 sugieren una evolución favorable de la criminalidad en los Estados Unidos, con descensos consistentes en casi todos los indicadores principales. Sin embargo, la persistencia de diferencias territoriales y demográficas indica que todavía hay retos importantes por abordar. Desde una perspectiva de seguridad, estos datos refuerzan la importancia de mantener y adaptar las estrategias de prevención y respuesta, poniendo especial énfasis en las áreas y colectivos más vulnerables.

En definitiva, 2024 se puede considerar un año de mejora en términos de seguridad pública, pero también un recordatorio que la lucha contra la criminalidad requiere una vigilancia constante y un análisis detallado para garantizar que los avances sean sostenibles y equitativos.

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El estado de la seguridad pública en Alemania

Alemania es considerada tradicionalmente uno de los países más seguros de Europa gracias a sus sólidas instituciones, una policía profesionalizada y un sistema judicial consolidado. No obstante, en los últimos años el debate sobre la seguridad pública ha cobrado importancia a causa del aumento de algunas formas de criminalidad, y de los cambios sociales y de nuevas amenazas como la radicalización política o la ciberdelincuencia.

Según las estadísticas policiales, en el año 2023 se registraron aproximadamente 5,94 millones de delitos en Alemania, lo que representa un incremento del 5,5 % respecto al año anterior. Este aumento se explica en parte por la recuperación de la vida social y económica después de la pandemia de la covid, periodo en que muchos delitos disminuyeron a causa de las restricciones de movilidad y de las limitaciones en las actividades cotidianas. Con el retorno a la normalidad, varios tipos de criminalidad han vuelto a niveles similares o incluso superiores a los de antes de 2020.

Uno de los aspectos que más preocupa a las autoridades es el aumento de la violencia interpersonal. En el año 2023 se registraron más de 214.000 delitos violentos, la cifra más alta de los últimos quince años. Este tipo de delitos incluye agresiones graves, robos violentos y otras formas de violencia física. También se ha detectado un incremento de las agresiones con arma blanca y de episodios de violencia urbana en determinadas zonas.

Además, los delitos sexuales también han mostrado una tendencia al alza durante los últimos años. Las denuncias por violación y agresión sexual han aumentado notablemente, lo que ha generado debate sobre la necesidad de reforzar las medidas de prevención, mejorar la protección de las víctimas y aumentar la eficacia de las investigaciones policiales.

A pesar de estos incrementos en algunos ámbitos, es importante contextualizar los datos. A largo plazo, la criminalidad en Alemania ha disminuido significativamente desde finales del siglo XX. Este descenso se explica en parte por la mejora de las políticas de seguridad, de los avances tecnológicos en sistemas de protección y de la coordinación entre instituciones policiales y judiciales.

La distribución de la criminalidad no es homogénea en el territorio. Las grandes ciudades concentran una parte importante de los delitos registrados, especialmente los relacionados con robos, hurtos y agresiones. Ciudades como Berlín, Bremen o Hamburgo presentan índices de criminalidad más elevados, mientras que algunos estados federados como Baviera registran niveles más bajos y tasas de resolución policial más altas.

Los robos y hurtos siguen siendo una de las categorías más frecuentes dentro de las estadísticas de criminalidad. Tras la pandemia también se ha observado un repunte de los robos en viviendas y espacios privados. Otro fenómeno que preocupa especialmente es el aumento de los delitos con motivación política. En los últimos años se ha registrado un incremento significativo de estos incidentes, especialmente de los vinculados al extremismo de derecha.

También se han registrado incidentes violentos contra migrantes, comunidades religiosas y colectivos LGTBIQ+, así como un aumento de los delitos antisemitas. Estas tendencias reflejan una cierta radicalización en algunos sectores de la sociedad.

La ciberdelincuencia es otro de los grandes desafíos actuales. Los ataques informáticos, el fraude digital y otros delitos económicos vinculados a internet son cada vez más sofisticados y a menudo tienen una dimensión internacional. Aunque algunas estadísticas muestran una leve reducción de los casos registrados, las autoridades consideran que muchos de estos delitos no se denuncian, especialmente en el ámbito empresarial, y que los daños económicos siguen aumentando.

Para afrontar estos retos, Alemania ha reforzado las unidades especializadas en investigación digital y ha incrementado la cooperación internacional entre fuerzas de seguridad.

El sistema de seguridad alemán se basa en una estructura federal en que la responsabilidad policial recae principalmente en los estados federados, mientras que el gobierno federal coordina competencias relacionadas con la seguridad fronteriza, la lucha contra el terrorismo y las investigaciones criminales de alcance nacional o internacional.

Ante los nuevos retos de seguridad, las autoridades han impulsado varias medidas, como el aumento de la presencia policial en espacios públicos, la modernización tecnológica de los cuerpos de seguridad y la ampliación de las capacidades de investigación digital. También se han planteado reformas legislativas para restringir el uso de armas blancas en espacios públicos y reforzar la vigilancia en determinadas zonas urbanas.

En conclusión, Alemania sigue siendo un país relativamente seguro en comparación con muchos otros estados europeos y del mundo. Sin embargo, la evolución reciente de la criminalidad muestra una situación más compleja, marcada por nuevos retos como la violencia urbana, la radicalización política y las amenazas digitales.

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Cómo promover enfoques de seguridad pública equilibrados y eficaces en América Latina

En los debates sobre seguridad pública en América Latina, con demasiada frecuencia se plantea un falso dilema: o bien “mano dura” contra el crimen o bien abordar las causas estructurales de la violencia. Esta dicotomía simplifica una realidad mucho más compleja. Las políticas realmente eficaces no eligen entre represión o prevención, sino que combinan la capacidad de actuar con urgencia con estrategias sostenibles que refuerzan la justicia, la legitimidad institucional y la cohesión social.

En contextos de inseguridad crónica, la demanda de resultados inmediatos es comprensible. Cuando las familias viven con miedo diario, las respuestas rápidas y visibles generan alivio tangible. La reciente experiencia de El Salvador, con la declaración de un estado de excepción y la aplicación de medidas masivas de encarcelamiento, ha sido presentada como ejemplo de éxito por la reducción drástica de los homicidios y otros delitos. Este enfoque ha incrementado el apoyo ciudadano al gobierno y ha reforzado la percepción de control. Sin embargo, también ha abierto un profundo debate sobre los costes en términos de proceso, derechos fundamentales y calidad democrática.

La “mano dura” resulta políticamente atractiva por tres motivos principales. Primero, ofrece resultados inmediatos en contextos marcados por la urgencia electoral y la presión mediática. Segundo, es fácil de comunicar: encarcelamientos, despliegues policiales y operativos masivos son acciones visibles y sencillas de explicar. Tercero, concentra poder en el Estado y reduce los espacios de rendición de cuentas. Sin embargo, las estrategias preventivas exigen coordinación interinstitucional, tiempo y una narrativa más sofisticada.

Ahora bien, la prevención social por sí sola tampoco es suficiente, especialmente en contextos con alta presencia de crimen organizado. La investigación internacional muestra que la reducción sostenida de la violencia requiere la integración efectiva del sistema de justicia penal con servicios sociales, programas comunitarios e intervenciones específicas sobre factores de riesgo. La clave no es debilitar al Estado, sino hacerlo más preciso, legítimo y estratégico.

La evidencia científica apunta a cuatro principios fundamentales para una política de seguridad equilibrada.

1. Focalización en personas, lugares y comportamientos de alto riesgo.

La violencia no se distribuye de forma homogénea: se concentra en grupos reducidos y en territorios específicos. Intervenciones basadas en datos -como las estrategias de disuasión focalizada aplicadas en ciudades como Boston u Oakland- han demostrado reducciones significativas de la violencia armada. En Chicago, programas que combinaban terapia cognitiva conductual con empleo juvenil redujeron de forma notable las detenciones por delitos violentos entre jóvenes de alto riesgo. Estas experiencias muestran que actuar con precisión es más eficaz que aplicar medidas indiscriminadas.

2. Fortalecer la capacidad comunitaria para prevenir conflictos.

Las organizaciones locales, mediadores, mentores y programas de justicia cívica son actores clave en la prevención. Iniciativas como el Sistema Distrital de Justicia de Bogotá o modelos de justicia cívica implementados en diversas ciudades de México han mejorado el acceso a la resolución de conflictos y la percepción de legitimidad institucional. Cuando las comunidades disponen de infraestructura social sólida, la violencia tiende a disminuir de forma sostenida.

3. Construir legitimidad mediante equidad y justicia procesal.

Las personas cumplen la ley no sólo por miedo al castigo, sino porque perciben a las autoridades como justas y respetuosas. Experiencias de capacitación policial en justicia procesal en la Ciudad de México han incrementado su satisfacción ciudadana y reducido las quejas. La legitimidad institucional es un activo estratégico: mejora la cooperación, facilita la investigación del delito y refuerza la cohesión social.

4. Intervenciones espaciales estratégicas.

La mejora del entorno físico -iluminación, recuperación de espacios degradados, creación de espacios verdes- puede reducir la violencia, especialmente en barrios de alto riesgo. Estas acciones son visibles, relativamente económicas y refuerzan la percepción de presencia institucional sin recurrir a la confrontación directa.

Más allá del contenido de las políticas, la comunicación es determinante. Los líderes locales deben evitar el marco polarizado de “tolerancia versus represión” y presentar la seguridad como condición para el desarrollo económico, la salud, la educación y la calidad democrática. El mensaje central debería ser que cuando la violencia está organizada, la respuesta también debe estarlo: coordinación entre policía, justicia, servicios sociales y comunidad.

Esto implica priorizar la precisión por encima de la dureza, combinar rendición de cuentas con oportunidades de reinserción y dar voz a mensajeros de confianza —alcaldes, mandos policiales, líderes vecinales o víctimas— que conecten con las preocupaciones reales de la ciudadanía.

En definitiva, superar el falso dilema entre mano dura y prevención resulta imprescindible para avanzar hacia modelos de seguridad más efectivos, justos y sostenibles. Las estrategias equilibradas no renuncian a la autoridad del estado, sino que la refuerzan a través de la legitimidad, evidencia y colaboración. La seguridad no es sólo ausencia de crimen, es la base sobre la que se construye la prosperidad y la confianza democrática.

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