Geopolítica de las plazas urbanas en el espacio cotidiano de Berlín

Un artículo de Katharina Ciax y Simon Runkel analiza cómo las políticas de seguridad y antiterrorismo transforman no solo la configuración física de los espacios urbanos, sino también su dimensión emocional y perceptiva. El caso de estudio es la Breitscheidplatz de Berlín, escenario del atentado con vehículo durante el mercado de Navidad del año 2016.

Los autores parten de una idea clave: la seguridad se implementa con infraestructuras y presencia policial, pero también produce una atmósfera afectiva que modifica la manera como las personas experimentan el espacio público. Esto conecta con el campo de la geopolítica urbana cotidiana, que estudia de qué manera los grandes discursos sobre seguridad global se materializan en espacios concretos, como calles y plazas.

Antes del atentado, la Breitscheidplatz era un espacio caracterizado por el flujo constante de personas, rodeado de ejes comerciales y próximo a la estación Bahnhof Zoo. Aunque ya había prácticas de control y vigilancia desde los años noventa del siglo pasado —especialmente vinculadas a la criminalización de determinados colectivos—, el ataque de 2016 marcó un punto de inflexión.

Después del atentado, la plaza experimentó una transformación profunda con la instalación de medidas de Hostile Vehicle Mitigation (HVM): bloques de hormigón, pilonas, mobiliario urbano reforzado y una presencia policial más visible, incluida una comisaría móvil permanente. Este conjunto de medidas convirtió la plaza en un espacio altamente protegido, prácticamente único en Berlín con respecto al nivel de fortificación.

Los autores argumentan que esta acumulación de medidas responde a una necesidad funcional de protección, pero a su vez genera una sobresaturación que altera la esencia misma del espacio público.

Uno de los conceptos centrales del artículo es el de atmósfera afectiva. La seguridad no se percibe únicamente a través de normas o dispositivos materiales, sino mediante sensaciones: hostilidad, vigilancia constante, tensión o exclusión. Cruzar múltiples barreras físicas antes de llegar a la plaza puede generar una sensación de amenaza latente, aunque el objetivo sea precisamente reducir el riesgo.

Mediante etnografías sensoriales y la observación participante (entre 2021 y 2022), los investigadores recogieron testimonios e impresiones de usuarios, comerciantes y vecinos. Lo que emerge es una paradoja: las medidas destinadas a incrementar la seguridad pueden producir una atmósfera que refuerza la percepción de peligro.

Esta transformación afecta especialmente los colectivos racializados o marginados. Según los autores, la protección no es neutral: consolida prácticas discriminatorias preexistentes y restringe la accesibilidad real del espacio público. La plaza deja de ser un espacio de circulación abierta y se convierte en un espacio de control selectivo.

El artículo sitúa este caso en un marco más amplio: la protección de las ciudades europeas después de oleadas de atentados terroristas. Este proceso ha impulsado la militarización del espacio urbano, la normalización de infraestructuras defensivas y la construcción simbólica de amenazas internas.

En la Breitscheidplatz, la combinación de consumo de lujo, vigilancia intensiva y arquitectura defensiva contribuye a redefinir la identidad del espacio. La plaza es un lugar de memoria del atentado y también un escenario permanente de prevención.

Esta dinámica muestra cómo la geopolítica global (terrorismo, seguridad europea, discursos sobre la amenaza) se traduce en decisiones muy concretas sobre diseño urbano, mobiliario y presencia policial. El espacio público se convierte así en un laboratorio de gobernanza del miedo.

La aportación principal del artículo es demostrar que las políticas de seguridad tienen una dimensión material, social y emocional inseparable. La protección reorganiza el espacio a la vez que transforma la manera como se vive y se siente.

En el campo de la seguridad urbana, esto implica varias reflexiones:

  • Las medidas físicas de protección generan impactos simbólicos y psicológicos.
  • La sobreactuación protectora puede reforzar la percepción de riesgo.
  • La seguridad se puede convertir en un mecanismo de exclusión social.
  • El espacio público puede perder su función de apertura y convivencia si se convierte en una infraestructura permanente de defensa.

En definitiva, el caso de la Breitscheidplatz muestra como el antiterrorismo contemporáneo no solo protege, sino que también redefine la experiencia urbana. La seguridad deja de ser un elemento invisible para convertirse en una presencia tangible, material y ambiental que modela la vida cotidiana.

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